Aunque no lo tenga del todo claro, supongo que el germen de este artículo tuvo bastante que ver con un fantástico documental que vi recientemente sobre los últimos años de vida de mi adorado Bowie. Y es que ahí se hacía también una breve alusión a la etapa considerada por él mismo como la más desafortunada con diferencia de su dilatada carrera (en mi opinión la única que artísticamente no estuvo a la altura de su desbordante talento). Es entonces cuando aparece la figura de un crítico musical del Melody Maker a quien, con un Bowie ya fallecido y mucho tiempo después de que dicho periodista criticara con extrema dureza un disco suyo de la mencionada época, se le muestran unas inéditas declaraciones de una mujer muy cercana al genial artista. Visiblemente emocionada, esta persona termina revelándonos que la única vez que vio llorar a Bowie fue justo después de que éste leyera la citada nefasta crítica. Y vemos a continuación la expresión entre sorprendida y apurada del crítico que en su día la escribió, como medio disculpándose al asegurar que jamás habría imaginado que un mito de la talla de Bowie pudiera darle la más mínima importancia a su opinión.

Me pregunté entonces qué habría pensado Bowie de todo ello, al tiempo que me vino inmediatamente a la cabeza la estampa de Óscar Cubillo. Sin lugar a dudas, uno de los críticos musicales más conocidos de Euskadi, además de ser también con el que yo más me he cruzado como intérprete y autor de canciones.

Si nunca has leído una crítica de Óscar Cubillo, te diré en líneas generales que su estilo no suele dejar indiferente al lector, y mucho menos al artista sobre el que haya decidido escribir. Especialmente cuando su mensaje dista mucho de ser favorecedor.Con fines un tanto neblinosos, uno de sus principales sellos autorales podría serel destacar algún detalle menor y sin importancia del objeto de su artículo (normalmente extramusical), utilizándolo luego a modo de titular sensacionalista o principal reclamo del mismo.

Recuerdo como si fuera ayer una actuación de una de mis bandas en el Azkena de Bilbao, hace ya más de veinte años, sobre la que Cubillo escribió de un modo bastante distante y condescendiente, por no decir casi hasta despreciativo. Hasta el punto de que apenas habló de la mejor o peor calidad del concierto ni de mis canciones, sino que destacó sobre todo que muchos de los asistentes al bolo ‘llevaban polos Lacoste’. En pocas palabras, le faltó poco para llamarnos abiertamente “panda de pijos”. Y aunque asuma que un concierto va mucho más allá de lo estrictamente musical, no me importa admitir que por entonces le cosa me escoció un poquito.

Algún tiempo después, Cubillo me hizo asimismo una extensa entrevista para El Correo que tituló “El hombre carrete” por las espaciosas y prolijas digresiones con las que yo contesté vía mail la mayoría de sus preguntas. No es difícil imaginar que, aunque lo hiciera a través de un estoico silencio, tampoco me resultó del todo grato encajar su pullita.

Años después, y ya para acabar con los ejemplos del estilo periodístico del que suele beber Cubillo, recuerdo estar tomando algo con un músico colega que acababa de dar con su banda un muy esperado bolo. Lo estábamos poco menos que celebrando cuando otro miembro del grupo se nos acercó para decirnos que Cubillo ya había publicado digitalmente su crítica. Ni que decir tiene que una somera lectura de dicho texto hizo trizas el buen rollo reinante, por lo que yo traté de solidarizarme con mi colega repitiéndole hasta la saciedad que la de Cubillo era sólo eso; una simple opinión más, subjetiva y sesgada a más no poder, dado que todo el resto pensábamos que el bolo había sido cojonudo.

Aclarar no obstante que con esto no quiero decir que Cubillo haga siempre críticas negativas de todo sobre lo que escribe. Ni mucho menos, y hasta es posible que en realidad no sean tantas y sólo nos acordemos de ésas. Pero en definitiva, sí que pensé durante bastante tiempo que, pese a su innegable competencia profesional, a veces Cubillo se pasaba tres pueblos con la forma tan sumamente sarcástica y contundente, por momentos casi hasta cruel, con la que solía ejercer su labor periodística.

Pues bien, decía que eso pensaba antes porque ahora pienso de forma muy distinta. Y no, os aseguro que no es porque últimamente él haya criticado algunos de mis trabajos de una forma relativamente positiva o algo más amable, sino porque he entendido a la perfección que si bien por un lado su trabajo como periodista y el mío como músico son muy complementarios, por el otro son totalmente contrapuestos. Trataré de explicarme.

Puede parecer una perogrullada, pero si mi misión como autor de canciones es no morderme nunca la lengua al tratar de expresar a través de ellas lo que pienso y siento del mejor modo posible y aunque duela, la suya vendría a ser opinar abiertamente sobre ese mismo trabajo, pero también del mejor modo posible y aunque duela. Y con este ‘mejor’ me refiero por supuesto al modo que a su entender le permitiera atraer el mayor número posible de potenciales lectores. Es decir, considero en este caso que el fin sí que justifica los medios. Sobradamente además. Sus únicos límites a este respecto deberían ser por tanto no insultar ni faltar al respeto al artista como persona, si bien no veo por qué no debería poder escribir lo que le diera la santa gana en lo referente a nuestro trabajo.

En este sentido, al crítico sólo habría de exigírsele que fuera totalmente honesto consigo mismo a la hora de dar su opinión, haciéndolo a su vez del modo más ingenioso y atractivo del que fuera capaz su mayor o menor talento literario. Lo cual, por supuesto y sobre todo, incluye el humor, por ácido, negro o mordaz que éste pudiera parecerle a mucha gente. Pedirle objetividad a un crítico de cualquier índole no sólo es imposible, es sobre todo ridículo. Y aunque el estilo de Cubillo pueda parecer a veces un tanto ofensivo e hiriente para con el artista, es gracias también a esa potencial herida por lo que reconocemos su brutal sinceridad y nos alegramos tanto cuando en circunstancias análogas opina algo mejor sobre aquello que hayamos hecho. Sería algo así como una variante más del famoso aforismo “Gracias lunes porque me das los viernes”.

Como autor e intérprete que publica su trabajo y lo defiende actuando en vivo, tengo claro que si no voy a ser capaz de soportar una crítica negativa lo mejor que puedo hacer es dedicarme a otra cosa. Comparto plenamente además esa máxima que sostiene que lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. De forma semejante, la peor crítica posible no sería entonces la más negativa, sino la ausencia de toda crítica. Esto es, que tu creación pasara total y absolutamente desapercibida, que hubiera sido como si no existiese para nadie salvo para su creador. Y en ese sentido, cuando Cubillo te dice expresamente que tu trabajo no le ha gustado demasiado, mucho antes que eso te está diciendo tácitamente que, por el contrario, sí que le ha gustado que lo hayas llevado a cabo. Hasta el punto de haberlo tenido en consideración para tratar de asimilarlo con toda la atención y el detenimiento que merece cualquier tipo de creación o expresión artística. Incluso las peores imaginables. Porque no se trata de si Cubillo es o no infalible haciendo crítica musical, sino de que sería del todo absurdo el simple hecho de plantearse serlo.

Lo más importante de largo, algo que además no se le puede negar a Cubillo en modo alguno, es que más allá de sus posibles filias y fobias particulares, él ama la música por encima de todo. Así que por extensión, en mayor o menor medida y aunque fuera sólo de forma vicaria, también ama un poquito a todos esos músicos que hacen posible su trabajo y a los que tanto a veces hace llorar. Que en muchas ocasiones no le guste nuestra música es en mi opinión lo de menos porque, como diría Faulkner, entre la pena y la nada, yo prefiero la pena. Y más hoy en día, en un mundo con tantísima oferta y sobreabundancia de todo. En otras palabras, si hay una persona que se ha avenido a escuchar mi música y dar su opinión sobre ella con honestidad y respeto, lo primero que le diría es que muchas gracias por tenerme en cuenta, por rescatarme del olvido en cierta forma, por más que lo haya hecho para luego poner a parir mi trabajo.

Y diría incluso más; por mucho que como artista yo no le

llegue a Bowie ni a la suela de los zapatos, estoy convencido de que sobre este tema él pensaría tres cuartos de lo mismo, aunque fuera al precio de hacerle derramar algunas lágrimas.

 

PD: Estimado Óscar; si algún día te da por calificar de obra maestra alguna de mis canciones, te prometo que no te lo tendré demasiado en cuenta, por lo que tampoco me importará echarme a llorar a moco tendido. Eso sí, esta vez de alegría.

 

 

Asís Arana

Músico y escritor