Acabo de leer el último aullido de Marina Perezagua y me ha dejado –casi más literal que literariamente hablando– sordo, mudo, y también quizás hasta un poco ciego, dado que su lectura me ha supuesto una especie de intensísimo gran colocón. Como también (que no tan bien) escribo, he de reconocer por otro lado que me ha suscitado una gran envidia (de la mala, por supuesto, que es la buena en realidad). Pero no en el sentido de entristecerme al presenciar un bien ajeno, sino en el de no saber si yo tengo lo que considero más importante para un escritor que se precie como tal. Y no, por supuesto que no me refiero a la técnica, a escribir con insuperable corrección académica o preciosísimo estilo, ni a nada que tenga que ver con semejantes menudencias; de lo que yo hablo es de tener una visión extremadamente única y particular de la vida y del mundo en que vivimos. O lo que viene a ser lo mismo, con ser capaz de decir algo que nos permita saber al instante que dicha particular selección y ordenación de palabras no puede deberse a otro autor, con lograr que la escritura sea total y unívocamente identitaria de una persona. Y es que, en todo lo que he leído de Marina (que no deja de ser prácticamente todo, creo yo) siempre he percibido lo mismo: una singularidad, una autenticidad y una especie de torrencial vitalismo que, si bien en ocasiones me parecen extraños hasta decir basta, siempre me resultan también tan apabullante como maravillosamente revitalizantes.

A veces pienso que lo que escribe es prosa poética y otras que se trata más bien de poesía en prosa, pero lo único de lo que siempre estoy seguro es de que nunca podré confundir un texto suyo con el de cualquier otro escritor (o escritora, para los pelmazos con el temita de marras). Todo lo que Marina transmite con su escritura es impetuosidad, pasión, urgencia, arrebato y mil cosas más, pero sobre todo una inclasificable y singularísima universalidad. Y conseguir dotar de verdadero sentido a este aparente e imposible oxímoron es en mi humilde opinión lo mejor que puede decirse de un buen escritor, esto es, que de un modo único e intransferible nos haga preguntas sin respuesta en cuanto a lo que implica ser cuerpos sujetos a conciencias vivas, y que al hacerlo nos ponga además entre la espada y la pared.  De un modo tan vívido y genial por otro lado que hasta es capaz de hacernos disfrutar de ese insoluble conflicto, circunstancia esta que, por lo menos a mi modo ver, sintetiza a la perfección lo más esencial, definitorio y representativo del espíritu humano.

Esa especie de famélica adversidad tan fantásticamente real que además suelen desprender sus personajes hace que –valga la cursilada– uno se reconcilie un poco con su propia vida, que aprenda a relativizar todo lo que ésta pueda tener de supuestamente horrible o doloroso. Porque si partimos de la base de que la buena literatura ha de servir para hacernos preguntas que nos permitan vivir de un modo más intenso, rapaz y emergente, la de Marina Perezagua es totalmente incuestionable, plena, completa, rabiosa, feroz, fabulosamente palpitante y arrebatadora.

Curiosamente además, Robyn, la protagonista de Seis formas…, guarda en el fondo bastantes similitudes con Evaristo, mi protagonista de El mañana prometido. No obstante, y aunque ambos personajes llegan a reengancharse a la vida gracias y pese a lo adverso de sus circunstancias, la gran diferencia entre ellos es que, si Evaristo hubiera podido leer o escuchar a Robyn, jamás de los jamases habría tenido siquiera la tentación de suicidarse, mientras que a la inversa dudo mucho que esto hubiera sucedido. Pues eso mismo es lo que aquí y ahora os recomiendo, potenciales lectores de Marina, que más allá de la apariencias y de que sus libros puedan presentar a veces premisas dramáticas un tanto duras, excesivas, o incluso hasta perversas, de lo que nunca debéis dudar es de que, sea como fuere vuestra situación o circunstancia, una vez hayáis acabado de leerlos vuestras ganas de abrazar la vida se habrán vuelto prácticamente insoportables. Hasta tal punto es así, es más, de que incluso llegue a pasaros por la cabeza la idea de estrangularla. Pero eso sí, no del todo, sólo casi, sólo fugazmente, sólo de pasada, sólo por momentos… Y es justo ahí, en ese diminuto y casi imposible equilibrio, donde radica precisamente la enormidad de la grandeza de Marina: que al final, gracias a lo que ella escribe, uno siempre se alegra un huevo de estar vivo.