Juan Bas, escritor y columnista de El Correo, nos daba toda una lección de solidaridad reivindicativa e izquierdista en su artículo del otro día (cada cual que lea esto con el grado de ironía que mejor encaje con su pensamiento político). En el mismo, y entre otras muchas cosas, se autoproclamaba claramente hombre de izquierdas, constatando a su vez que las personas que decían ser apolíticas eran de derechas hasta las trancas, siendo no obstante incapaces de reconocerlo abiertamente por aquello de la incorrección política, o lo que viene a ser lo mismo, por simple vergüenza. No voy a entrar en hasta qué punto considero cierta o no esta teoría –seguramente haya bastantes casos que la refrendan–, por lo que a este respecto tan sólo diré que conozco personas que me provocan admiración y repulsa de ambas ideologías, y que no son éstas las que nos convierten en mejores o peores seres humanos, sino tan sólo el modo en que las llevemos a la práctica.

De lo que aquí me gustaría hablar es sobre las –en mi opinión– absurdas y sobre todo innecesarias autoproclamaciones. De hecho, en el terreno político yo no puedo ni quiero autoproclamarme nada porque he tomado decisiones que desmentirían mi adscripción a una única corriente ideológica, habiendo votado en por lo menos alguna ocasión al PP (de derechas), PSOE (de izquierdas), UPyD (de centro, supongo, aunque imagino que para Juan Bas sólo les voté para no tener que admitir que en realidad soy un facha redomado), en blanco (políticamente disconforme y/o desencantado), y admito también que en más de una ocasión no he ido siquiera a votar (si bien en este caso no por convicciones personales que recelen del sistema electoral imperante, sino tan sólo por sufrir una resaca más paralizadora de lo habitual, lo cual me convierte a mi modo de ver en alguien apolítico a más no poder; aunque bueno, quizás para muchos en este caso habría que calificarme más bien de irresponsable, débil mental, pasota, necio, inconsciente, haragán, inmaduro, sinsorgo, insolidario, incivilizado, ácrata, o simplemente gilipollas perdido).

Lo que quiero decir con todo esto es que creo que el modo en que nos autoproclamemos no tiene la menor relevancia, y que a veces éste es algo más relacionado con la idea que nos gusta tener de nosotros mismos que con otra cosa. Porque en mi opinión, e independientemente de las palabras que utilicemos para autopresentarnos, insisto, sólo somos lo que hacemos (a veces incluso a pesar de esas mismas palabras, o incluso para contradecirlas), importando más bien poco cómo nos autoproclamemos si luego nuestros actos van por otro lado.

Es más, creo que a mucha gente que se autoproclama de izquierdas le pasa justo lo contrario que a los “fachas” emboscados de los que habla Juan Bas en su artículo. Es decir, son personas a las que les gustaría ser de izquierdas, pero en realidad sus vidas prácticas demuestran que son tipos absolutamente apolíticos e individualistas, puesto que a la hora de la verdad pasan de todo y son mucho menos solidarios y comprometidos que mucha gente que vota a la derecha. Así bien, para mí, lo que se dice “ser” de verdad de derechas o izquierdas no tiene tanto que ver con votar a la derecha, a la izquierda o al partido nudista, sino con una férrea convicción interior relativa a la forma de convivencia que uno considera mejor y más justa para sí mismo y/o para la sociedad en su conjunto, convicción que, como tal –y esto es a mi juicio lo más importante–, luego uno habrá de refrendar en el día a día con actos tangibles, contantes y sonantes.

Hace poco un amigo me afeó que le hubiera afirmado que “soy del Athletic”, cuando llevo sin ir a San Mamés más de quince años, no tengo ni idea de su puesto en la clasificación, y no son pocas las ocasiones en la que desconozco el resultado que ha cosechado la jornada anterior. “En realidad, Asís, básicamente a ti el Athletic te la refanfinfla”, me acabó soltando mi amigo. Yo lógicamente le tuve que responder que sí, que tenía bastante razón –por no decir toda–, y que, con todo el respeto y cariño a mis amigos forofos, lo único que me hacía del Athletic era precisamente el hecho de que él me hubiera preguntado por ello, ya que dicha supuesta vinculación afectiva se traducía en poco menos que nada.

Pues algo muy parecido a esto es lo que creo que les pasa a muchas personas supuestamente de izquierdas; que lo son sólo porque se les ha preguntado sobre ello, es decir, únicamente cada vez que votan (doy por sentado que también en las encuestas, y durante las sobremesas y cenas de cóctel). Y es que, en un caso igualmente análogo, conozco mucha gente de mi entorno que se autoproclama ferviente católica y que dice sorprenderse mucho cuando yo me defino como agnóstico, reconociéndoles yo luego que la sorpresa es mutua cuando menos (me refiero a que me sorprende que se consideren católicos, no a su sorpresa con respecto a mi agnosticismo, ya que esta opción religiosa me parece perfectamente respetable). Es más, conozco a ateos de admirable conducta cuyas vidas, puede que incluso a su pesar, se asemejan más a la de Cristo que las de muchísimos autoproclamados cristianos. Por citar más ejemplos, uno puede autoproclamarse heterosexual siempre que quiera, pero si de sus últimas treinta relaciones sexuales todas han sido con personas de su mismo sexo, esa persona será gay, homosexual, o como quiera dejar de autoproclamarse por los motivos que sean. Y obviamente dicha opción me parece muy digna y merecedora de todos mis respetos, pero esa persona no será heterosexual por mucho que antes o después diga lo que quiera. Porque insisto de nuevo –y perdón por ser tan reiterativo con la frasecita de marras–, somos lo que hacemos, más allá de que en la intimidad de nuestras conciencias estemos luego más o menos orgullosos de ello.

No tengo ni idea de si la rutina diaria de Juan Bas van en perfecta consonancia con su militancia de izquierdas, ya que no tengo el placer de conocerle personalmente, pero lo que sí que puedo asegurarle es que conozco a mucha gente que dice ser muy de izquierdas, que vota a la izquierda aunque se presente como candidato el fantasma de Stalin, y que, simplemente y por muy mal que les pese, no es de izquierdas ni harta de vino. Y esto es así por la sencilla razón de que dichos individuos viven de un modo en absoluto generoso, solidario o comprometido (en no pocas ocasiones incluso mucho menos que votantes de derechas, ¡¿a que parece “superincreíble”?!). Así que en mi opinión lo mejor sería dejar de autoproclamarnos nada, y que fueran nuestros semejantes quienes, en función de nuestras obras, dijeran lo que en cada caso quisieran decir sobre nosotros.

De hecho, ya puestos a pedir y opinar, creo que lo más justo e inteligente sería ser de derechas a la hora de facturar o cocinar el “pastel” económico, y de izquierdas a la hora de repartirlo. Lo malo es que esto no es posible porque en la práctica una cosa no se puede disociar de la otra ya que, en términos político-económicos, y por lo menos en buena medida, el pastel ya se ha empezado a repartir cuando todavía ni siquiera ha salido del horno. Esto es, si pudiera me gustaría ser muy alto para jugar a baloncesto pero bajito para viajar en avión (siempre y cuando no viaje en Business, claro está, porque en dicho caso no me importaría tanto). Pero claro, lo que no puede ser no puede ser y además es…

Así que aunque por un lado no quiera poner en duda las buenas intenciones del señor Bas con su artículo, por el otro admito que siempre he desconfiado un poco de aquéllos que se tienen a sí mismos por insobornables adalides de los más desfavorecidos y por defensores de la justicia y moral universales (y no precisamente por no considerar dichas causas merecedoras de todo los apoyos posibles). Y no, tampoco soy de los que pienso que para ser de izquierdas haya que vivir en la indigencia, ni muchísimo menos. Pero entre ese extremo y ese otro que sostienen muchos izquierdistas y progres de manual, y que se resume con el clásico “una cosa nada tiene que ver con la otra”, hay muchísimas posibilidades intermedias. Porque sí, aunque a veces el vínculo no sea tan inmediato, todo tiene que ver absolutamente con todo. Así que si veo a un tipo que, por lo que sea, pasa muchas noches en hoteles de cinco estrellas, tiene tres yates, quince coches y otras tantas casas de lujo, y luego se autoproclama de izquierdas a los cuatro vientos, yo le respetaré que diga lo que le salga del miembro, por supuesto, por mí de cojones, pero que no se extrañe entonces si luego yo le aseguro que todavía no he ganado el premio Nobel de Literatura porque hay una conspiración de calado internacional que opera en contra de mi soberbia pero inédita obra poético-pastoril. Y, como en el reciente caso de Depardieu, me dará igual que le hayan quitado en impuestos el ochenta por ciento de sus ingresos, ya que ha sido precisamente el “injusto” libre mercado, del que tanto abomina en ocasiones y en el que confluyen las desiguales fuerzas de oferta y demanda, el que ha hecho que sus ingresos sean de tan descomunal magnitud. Esto es, no olvidemos que ha sido sólo el capricho de ese mercado el que ha medido su talento de tal modo que pueda permitirse el lujo de beber botellas de vino de quinientos euros.

De hecho, la labor redistributiva de la renta a través de los impuestos la hace el gobierno de forma coercitiva porque, en la práctica, no hay casi nadie de izquierdas. Y con de izquierdas aquí me refiero a referentes del tipo de Julio Anguita, no al club de los “cejicurvos” de fular palestino tope concienciados desde el calenturiento control remoto de sus imaginaciones. Porque puestos a ser escrupulosamente estrictos, si una persona es realmente de izquierdas en su fuero interno, lo autoproclame o no, sería ella misma a quien le saldría voluntariamente realizar su particular labor redistributiva, más allá de lo que marcara la ley, ya que su propia persona sería en sí misma una especie de pequeña ONG autofinanciada (de hecho la gran mayoría de las ONGs que conocemos, son en realidad OGs en toda regla, circunstancia ratificada por el famoso debate que sobre el 0,7 tuvo ya lugar hace unos cuantos años). Así que podemos votar y autoproclamarnos lo que queramos –entre otras cosas porque, a diferencia de lo que sucede en mi última novela, expresarnos es gratis lo cual, dicho sea de paso, no sé hasta qué punto es una suerte para la marcha del mundo en su conjunto–. Pero eso sí, por favor, no nos autoengañemos porque son sólo nuestras conductas concretas las que políticamente nos hacen “ser” de una u otra forma.

Por consiguiente, me temo que, puestos a ser rigurosos, y por mucho que digamos lo que digamos los de un supuesto lado, los del otro, los de ninguno, o los del más allá, si tuviera que calificar políticamente a la inmensa mayoría de la población española, y más allá de escuchar a Julito Iglesias o a Sabina, de llevar gomina o rastas, mocasines o sandalias, cartapacio o mochila, o blazer o chaqueta de pana, creo, mi querido Juan Bas, que apolítica sería la palabra que mejor definiría su comportamiento concreto y real de cada día. Y es que puestos a “ser” de verdad, conozco a muy pocas personas que no sean muy de derechas con el dinero propio y muy de izquierdas con el ajeno, lo cual en mi opinión viene a significar que, autoproclamaciones aparte, y por lo menos en términos políticos, en España casi nadie es nada de nada.

Un momento, a ver…, déjenme recapacitar. Es que no sé si replantearme lo anteriormente escrito porque acabo de leer en Súper Pop que el bueno de Miguel Bosé ha tenido el arrojo de hacer un paréntesis en su exitosa gira mejicana para declarar, con un par de gónadas de tal calibre que hacen entrever la posibilidad de que su escroto dimensione el tamaño del pasamontañas de un ladrón cabezón, que se siente –y cito textualmente–“verdaderamente enfurecido e indignado con toda la clase política española en su conjunto”. Es decir, tanto con la que gobierna como con toda la oposición. Tremendo, qué arranques solidarios tan arrebatadores tiene este hombre. Además qué alivio, Miguel, porque al imaginar la virulencia con la que a buen seguro has interrumpido la ingesta de tu sabrosísimo Daiquiri Lima-limón para pronunciar tan providenciales y valientes palabras, se me ha puesto el vello de punta hasta el punto de casi sangrarme la palma de la mano al acariciar mi antebrazo. Y es que el bueno de Mike no se arredra cuando la circunstancia aprieta de lo Linda, beso de aire puro, y está con el pueblo llano y oprimido no sólo cuando le coreamos que seremos sus amantes, bandido, sino también cuando la realidad se obceca en ahogar nuestras quejumbrosas y desempleadas voces. Supongo que con el hecho de que Michael se nos muestre como ejemplo de incorruptibilidad moral y azote de la clase política española desde un resort de Cancún de a mil pavos la noche, pasa lo mismo que con el millón de euros que su comprometidísima amiga Ana Torroja parece haber defraudado al fisco: “una cosa nada tiene que ver con la otra”. Pues eso, nada que ver.

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