“Que lo políticos hagan su trabajo y los empresarios el nuestro. Cuando se cruza esa raya aparece la corrupción”.

Esta perversa lindeza es lo que afirmaba el presidente del BBVA, Francisco González, en la portada del semanal de El Correo de hace un par de semanas, demostrando que no sólo no existe esa línea entre la política y el empresariado bancario, sino que tampoco la hay con respecto al periodismo. En dicha entrevista a Francisco González se le trata no sólo de forma connivente, amable y servil, sino como si fuera una de esas estrellas del cine a las que se les han de filtrar previamente las preguntas antes de avenirse a contestarlas. Luego la presentaban además como la entrevista “más personal del presidente”. Claro, eso es cierto que lo era, pero básicamente porque no se le hizo ninguna pregunta que pudiera comprometerle lo más mínimo (me enteré por otra parte de que tiene unos nietos monísimos).

De entrada tiene su cosa tragicómica que eso con lo que abro este artículo lo afirme un hombre que llegó a la presidencia del BBVA procedente de Argentaria, cargo para el que fue propuesto y elegido a dedo. Esto es, por su relación con alguien que estaba metido hasta las trancas en el aparato político de la época.

A nivel personal, y dado que no le conozco, no tengo nada en contra de Francisco González. También es cierto que, por lo menos comparado con el de algunas cajas de ahorros, el comportamiento de los bancos españoles ha sido “ejemplar”. Fundamentalmente porque, como también sostiene Francisco González en la entrevista, a los españoles no les han costado nada si nos atenemos a lo que han sangrado al erario público. Estoy de acuerdo en parte, vale. Pero detrás de ello hay una gran falacia, ya que eso es así precisamente porque los bancos se lo han cobrado directamente, en tanto en cuanto la inmensísima mayoría de los contribuyentes españoles son asimismo clientes de los bancos (o más bien sus proveedores).

A ver si nos enteramos de una vez: hoy por hoy en España un banco no es un negocio en términos estrictos (por supuesto que se dedican a una actividad muy lucrativa, pero precisamente por no serlo). Y es que por definición, y por lo menos a nivel conceptual, un negocio es una actividad que un individuo o un grupo de ellos proyectan y emprenden libremente, con su propio dinero o con el dinero de otros inversores, y que también libremente aceptan o rechazan los consumidores o usuarios a quienes va dirigido ese producto o servicio. Pues bien, con un banco no se da ninguno de esos dos requisitos, ya que uno necesita autorización gubernamental para crear un banco (la cual estará supeditada a la “conveniencia” para el buen funcionamiento del conjunto del sistema financiero), y además los potenciales destinatarios de sus servicios estamos obligados a utilizarlos.

Pero lo más importante no es eso, ni muchos menos. Y es que lo que hace realmente que un negocio lo sea, es el mínimo componente de riesgo que uno ha de asumir al llevarlo a cabo. Pues bien, en el caso de los bancos, y por lo menos en última instancia, el riesgo es absolutamente nulo.

Me explicaré con un simple ejemplo. Hace más de quince años, cuando acabé la carrera universitaria y fui a vivir a Madrid para trabajar en un banco americano de negocios, me reuní el primer día de curro con la Directora de Personal y, tras firmar el consabido contrato, me pidió que le diera un número de cuenta para que me ingresaran mensualmente la nómina. Yo le dije que no tenía ni quería tener una cuenta corriente, que quería cobrar mi salario en efectivo y que ya vería lo que hacía con él, puesto que en ese momento no sabía si quería invertirlo en otro lado o fundírmelo enterito en lo que me diera la real gana. Pues bien, simplemente no pude, algo así no estaba contemplado. El banco no me dejaba que el dinero de mi nómina no fuera a parar inicialmente a ese u otro banco, lo cual sucede hoy en día en la inmensa mayoría de los empleos y trabajos que funcionen legalmente. Es decir, casi toda la riqueza de un país ha de pasar por los intestinos de los bancos. Es como si decidieras hacerte cineasta porque los españoles estuviéramos obligados a ir al cine un par de veces al mes, o fabricante de bebidas alcohólicas porque la ley nos obligara a mamarnos todos los días (de hecho, ésta sería la única forma que a priori veo efectiva para que se resolviera en España el problema del alcoholismo).

Tengo una relación de amor-odio con la banca porque conozco a muchas personas que se ganan muy bien la vida a su través, siendo la mayoría de ellas honradas y trabajadoras. No obstante, lo que me molesta es que a veces crean que eso es así porque las cosas son como son y no pueden ser de otra forma, o porque ellos son más listos o esforzados que nadie. No, eso no es así. Las cosas no son de otra forma sencillamente porque a determinadas personas les interesa que sigan así de forma indefinida. Lo que pasa es muy pocos tienen los huevos necesarios para llamar a las cosas por su nombre, ya que desde el momento en que el Banco de España (organismo gubernamental) inyecta capital en el sistema, lo hace a través de los bancos, siendo éstos por ende quienes pasan a controlar la fuente de la que mana su financiación, al tiempo que devienen por tanto en organizaciones estrechísimamente ligadas al entramado político. Negarlo o disfrazarlo es pura demagogia, por lo que cuando los banqueros –que suelen tener más tragaderas que nadie–, se llenan la boca con palabras como “empresario” o “emprendimiento”, es marketing y propaganda lo que en realidad están haciendo.

Para corroborar todo esto plantearé una cuestión de lo más simple. Imaginemos a un padre de familia que hubiera depositado todos sus ahorros en Bankia, y al que un buen día se le dijera que en su cuenta no queda absolutamente nada como consecuencia de la criminal y nefasta gestión de sus codiciosos dirigentes, viéndose incapaz dicha persona de alimentar a sus hijos. Yo no soy padre, pero si lo fuera no me costaría nada imaginarme utilizando mucho más que palabras para reclamar mi dinero. Y si juntamos muchas situaciones semejantes el resultado no sería otro que entrar en una inevitable guerra civil. La consecuencia de todo esto es muy clara: sea cual fuere el color de cualquier Gobierno, antes de dejar caer a cualquier banco o entidad financiera cuya clientela fuera muy numerosa y de perfil medianamente popular, acudirá a su rescate a cualquier precio. Básicamente porque no hacerlo implicaría de forma segura la caída de ese mismo Gobierno.

Es más, el desfase del abuso que practica el sistema bancario es tal, que hacen algo que en cualquier otro sector resultaría simplemente inimaginable por el sinsentido que supone. Los banqueros son los únicos “empresarios” capaces de cobrar, a través de las comisiones, por la materia prima de su “negocio”, que no es otra que nuestro dinero. Esto es, en lugar de pagar a sus proveedores, les cobran. Es como si un panadero cobrara a su suministrador de harina. El “negocio” de un banco consiste, en términos teóricos y biempensantes, en gestionar los ahorros de una parte de la población (la solvente) para permitir que la otra consuma nuevos productos o financie negocios incipientes, colaborando de ese modo a incrementar la riqueza colectiva de dicha economía. Lógicamente, lo justo es que se lleven entonces un diferencial o beneficio por prestar ese servicio de forma honrada y eficaz. Hasta ahí bien. Lo que resulta alucinante es lo que hacen una vez que, llevados por su propias y ciegas codicia y estupidez, se han cargado su propio negocio. Y es que entonces no tienen ningún problema en cerrar el grifo y pasar a robar a sus clientes –que en realidad son sus proveedores– cobrándoles de forma discrecional todo tipo de comisiones abusivas (la más delirante y ofensiva es la que te penaliza por ingresar dinero en efectivo en una cuenta ajena).

Pues bien, no olvidemos que todos estos flagrantes abusos los practican con la connivencia y beneplácito de los políticos, al convertir en legales actividades que atentan contra el más mínimo y moral de los sentidos comunes. Es sencillamente vergonzoso.

Así que de acuerdo, señor Francisco González, no tengo la menor duda de que hay banqueros que han sido infinitamente más corruptos que usted, pero eso no significa que usted dirija un negocio, ni mucho menos. En el diccionario de la RAE no hay ninguna palabra que defina el enorme tinglado que usted gobierna, pero desde luego no es un negocio y si fuera una empresa tendríamos que hablar de una casi pública. Los banqueros son la aristocracia del funcionariado, con la ventaja además de que se les tiene por audaces empresarios los cuales, insisto, sólo pueden serlo si arriesgan dinero propio o el de sus inversores, mientras que el único dinero que “arriesgan” los bancos es el perteneciente a una buena parte de la sociedad.

Por otro lado –y cambiando un poco de tema– nunca he entendido las decisiones de determinados inversores profanos y desde luego muy inocentes, los cuales invierten a veces sus ahorros en cosas tan peregrinas como las famosas preferentes o los pagarés de Rumasa. No hay que complicarse tanto la vida. Si se trata de un dinero que uno no va a necesitar en el corto-medio plazo, uno no necesita asesores financieros ni rodearse de consultores chupasangres. La opción más segura y sencilla es simplemente invertir en acciones de un banco del Ibex 35 porque es imposible que quiebre. Vale que, si tienes una suerte pésima, tu inversión no resulte tan rentable como esperabas, pudiendo ser hasta que pierdas un poquito, pero jamás de los jamases será mucho. Sólo en el caso de que hubiera una guerra civil podrías perderlo todo, si bien en dicho caso quedarte sin dinero seria seguramente el menor de tus problemas.

Siempre que pienso en este tema me viene a la cabeza la película “La locura del dólar” (Frank Capra, 1932), la cual explica sencilla pero muy elocuentemente cómo funcionan la mayoría de bancos y banqueros (nada ha cambiado en ese sentido por mucho que hayan pasado ya más de ochenta años). Y la conclusión que saco es siempre la misma, extrapolándola igualmente a la clase política: en teoría, tanto la banca como la política deberían aglutinar a profesionales idealistas y resultar labores moralmente hermosas, ya que ambas implican actividades que van encaminadas supuestamente a servir al resto de la sociedad. Por eso es tan triste y descorazonador comprobar que la mayoría de políticos y banqueros sólo tratan de servirse a sí mismos, conspirando para que los primeros bañen de legalidad muchas de las prácticas corruptas perpetradas por los segundos.

Y no, no soy de derechas ni de izquierdas por pensar así, del mismo modo que tampoco creo ser gilipollas por no haber seguido trabajando en un banco. Simplemente soy una persona a la que no le gusta que le engañen ni le tomen el pelo, ni mucho menos que le roben.

Madrid, junio de 2014

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