HIJO AGNÓSTICO EN EL CORREDOR DE LA MUERTE

Creo que su amor incondicional está fuera de toda duda. Me lo ha demostrado con creces a lo largo de mi vida. Por eso me turbó tanto que sonriera de una forma tan extraña al mirarme por última vez. Luego abrió mi mano con suavidad y, dulcemente, depositó en ella un rosario de pequeñas cuentas de madera. Tras incorporarse de la silla se inclinó sobre mí y me besó en la frente. Lo hizo con mucha serenidad y ademanes muy solemnes y precisos. Después, con gran parsimonia y como si sus movimientos respondieran a un procedimiento automático pero no por ello menos sentido, me abrazó. No pude evitar pensar entonces en que era más o menos el modo en que lo hacía cuando, muchos años antes y siendo yo muy pequeño, me dejaba en casa de algún amigo para pasar la noche.
Antes de girarse y salir de mi celda, mi madre posó la palma de su mano derecha sobre mi mejilla. La mantuvo así unos cuantos segundos, durante los cuales yo permanecí con los ojos cerrados. Escuchábamos nuestras rumorosas respiraciones, pero ninguno de los dos dijo nada. Ella se mostró en todo momento extraordinariamente tranquila. Es más, teniendo en cuenta la situación creo que se mostró desproporcionadamente tranquila. Y yo, bueno, podría decirse que su comportamiento me tenía de lo más desconcertado.
Pero a ver si me explico… No era como si la inminencia de mi muerte no le importara. Era más bien que no le preocupaba. Supongo que fue entonces cuando entendí la gran diferencia que hay entre ambos conceptos.
Ya fuera de la celda, y escoltada por uno de los guardias, mi madre enfiló el pasillo de salida con paso lento pero firme. Luego me incorporé del camastro y, como atraído por una especie de calmo magnetismo, me agarré con fuerza a los barrotes para contemplarla por última vez. Con el gesto embobado, miraba cómo la silueta de mi madre iba perdiendo nitidez, hasta que la vi desaparecer al final del pasillo. Después, y como si en él pudiera estar la clave de la insólita entereza mostrada por ambos, contemplé largamente el rosario que colgaba de mi mano. Supongo que como buscando algo que explicara el significado de toda esa especie de performance de silencios cifrados.
Desde entonces, cada noche, miro ese rosario. Lo tengo colgado del cabecero de mi camastro. De momento no rezo. Sólo lo miro y pienso en esa cruz durante un rato, antes de apagar la luz. No sé por qué lo hago, dado que no es una sensación de culpa o arrepentimiento lo que siento. En absoluto. Creo que tampoco es miedo exactamente. Así que me pregunto si algún día lo descubriré, aunque sepa también que para eso ya apenas me queda tiempo. Es más, cuando por la noche trato de conciliar el sueño, siempre me viene a la cabeza el mismo pensamiento…
Es posible que permanezca siempre a la espera. Vale. Pero me da igual porque ya no necesito que siempre signifique mucho tiempo. Quizás ése sea uno de nuestros grandes errores: sobredimensionar el significado de determinadas palabras. Quizás a fin de cuentas no haya nada que entender, y todo se trate de contar con algo a lo que asirnos, independientemente de la solidez y consistencia de ese apoyo. Ahora mi paciencia ante mi propia muerte es –valga la redundancia– paciente. Tan paciente como silenciosa e incondicional. Por fin no me importa pasarme lo que me queda de vida esperando. Y no es porque no me quede vida apenas, que también podría ser. En realidad es porque creo que la idea de mi propia muerte me ha despojado de cualquier atisbo de ansiedad. En una palabra, me sosiega. Eso sí, moriré tratando de mantener los ojos bien abiertos. Convencido de que estoy cerca de algo que –espero que para bien– hará soliviantar definitivamente mi espíritu. Incluso confío en que lo haga hasta el punto de que éste nunca más pueda volver a caer. Además, mientras eso pasa o deja de pasar, sabré que esa espera, llegue o no el objeto de la misma, habrá merecido la pena. Porque lo que más suele angustiarnos al esperar, es lo solos que a veces hace que nos sintamos. Pero si en la espera no hay sensación alguna de soledad, se convierte en esperanza y su transcurso constituye el más placentero de los viajes. Y lo digo tan convencido porque algo así es lo que yo sentí durante los tres o cuatro últimos días de mi vida.
A la soledad lo que verdaderamente le enerva es que no te importe su presencia. Y vale que todavía me visita de vez en cuando. Pero en cuanto le saludo y me pongo a hablar con ella de cualquier cosa, se va sin darme ninguna explicación. Creo que es porque se siente ultrajada en sus propósitos. Puede que sea eso por lo que últimamente me busca cada vez menos.
Cuando salía a dar mis últimos paseos por el patio amurallado de la cárcel, y de repente surgía la soledad, yo ya no trataba de espantarla. Todo lo contrario. Enseguida le cogía de la mano para caminar junto a ella. Pero eso es lo que más le molestaba: mi cordialidad. Entonces me soltaba bruscamente y se marchaba. Supongo que porque yo me comportaba de un modo extraño, y desde luego muy diferente al de la mayoría de las personas en las que generalmente trata de anidar. Porque a diferencia de éstas, a la soledad no le gusta ser aceptada y que te acostumbres a ella. Si no tratas de ignorarla, se siente fracasada y se va en busca de otro. Y aunque muchas veces estoy sin compañía, no me siento solo porque la soledad ya no quiere saber nada de mí.
La última sensación física que he percibido antes de que el funcionario de prisiones me administrara la inyección letal, ha sido el ligerísimo peso en mi mano del rosario que me dio mi madre. Voy a morir y, aun así, sigo sin tener nada claro qué es aquello en lo que creo o dejo de creer. En cambio sí estoy seguro de que en este preciso instante, a buen seguro uno de los últimos, en absoluto me siento solo. ¿Dios? No lo sé…, veamos.

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