Hay un aspecto que me llamó poderosamente la atención durante la última edición del Festival de Cine de San Sebastián: el a mi juicio innecesario ensañamiento del que muchos críticos abusan a la hora de valorar algunas películas.

Dicho esto, creo también que la especial animosidad de este tipo de críticos podría extenderse por regla general a la de cualquier otra manifestación artística o cultural. Para empezar siempre he pensado en la del crítico como una de las ocupaciones más curiosas que existen, por decirlo de un modo suave. Que le paguen a uno por hacer -de forma eso sí supuestamente argumentada– lo que la mayoría del público no puede evitar hacer, no me parece mal en principio, pero siempre y cuando se cumplan una serie de condiciones. O por decirlo de otro modo, considero que la especial responsabilidad que conlleva su puesto, debería de tener consecuencias un poco más tangibles en los resultados de su trabajo. Ni que decir tiene que con esto no estoy diciendo que los críticos no puedan o deban opinar libremente (pleonasmo mediante) sobre la calidad o el interés de lo que juzgan. No obstante, sí creo también que habrían de exigírseles argumentos que vayan más allá de la descalificación gratuita, puesto que a mi entender su cometido no debería ser simplemente dar su opinión particular con un estilo literario de lo más correcto, o puede incluso que hasta exquisito.

Para empezar, creo que un sentido sano de la crítica, debería conducir al crítico a tratar tan sólo con ella de orientar responsablemente a quien la lea o escuche. Parece obvio, ¿no? Pues bien, lo que en cambio no está ni mucho menos tan extendido, es llevarla a cabo destacando aspectos positivos de la obra que pudieran justificar la adhesión del lector a la misma. Y digo esto porque a mi juicio, y de modo lamentable, los críticos de mayor renombre y ascendencia suelen ser justo los que parecen decepcionarse cuando aquello de lo que van a hablar no consigue decepcionarles del todo. ¿Me explico?

Personalmente siempre he pensado que es mucho más fácil reparar en los aspectos que subjetivamente nos desagradan con respecto a algo, que no justificar y argumentar de modo racional los motivos por los que ese mismo algo ha podido llegar a conmovernos. Es más, creo que esto funciona de forma bastante parecida con muchos otros aspectos de la vida y se entiende de una forma bastante intuitiva (la atracción sexual sin ir más lejos). Generalmente casi todas las personas son conscientes de aquello que quieren evitar a toda costa, pero son muy pocos los capaces de precisar lo que realmente desean, así como las causas por las que ese algo les motiva en última instancia.

De forma análoga, creo que muchos de los críticos parten de la base de que algo no les puede gustar hasta que el autor les demuestre lo contrario, cuando pienso que debería ser al revés. Por no hablar de lo más preocupante para mí: es mucho más fácil parecer brillante e ingenioso humillando a alguien o algo, que ensalzando sus virtudes. Con esto hablo obviamente de esos críticos que escriben sólo para satisfacer el hambre de carnaza de sus fieles lectores (vamos, para aquellos que les ríen la gracia), y no para servir de algún modo a la obra de la que hablan tratando de orientar o atraer a sus potenciales destinatarios.

Además, a esto último se le suma hoy en día un fenómeno que ha adquirido tintes bastantes preocupantes. Entre el público masivo, la cultura y el arte se han vuelto casi elementos de relación social, más que de puro entretenimiento o crecimiento personal, que son a mi juicio los mínimos objetivos que deberían perseguir. Basándonos en ello vemos cómo, a la hora de posicionarse, muchas personas ponderan favorablemente aquellos gustos que les permiten acceder a sus congéneres mejor considerados a nivel social. Si bien obviamente para con la escala de valores propia de cada caso, la cual estará a su vez terriblemente condicionada por el constante bombardeo informativo que ejercen los medios, creándose así todo un círculo vicioso. Por este motivo, la mayoría de las personas, víctimas de su propia inseguridad y de su miedo a ser excluidos por sus semejantes de mayor prestigio social, tratarán siempre de no caer excluidos por emitir un juicio temerario erróneo (por inapropiado) sobre determinada obra o artista. Y es por eso que a falta de más datos, y sobre todo cuando no se tiene garantía alguna de éxito, en caso de tener que jugárnosla siempre lo hacemos descalificando o infravalorando aquello sobre lo que se nos pregunta.

Para explicarlo más gráficamente me serviré de un ejemplo. Los potenciales miembros de una pareja sentimental, cuando se citan por primera vez y quieren agradar a toda costa (o por lo menos no decepcionar de modo irrevocable), cuando se les interroga sobre un artista u obra, y a falta de más datos, ven como mucho menos arriesgado atacarlo o ignorarlo que alabarlo entusiásticamente, no sea que su interlocutor les considere por ello personas poco inteligentes o cultivadas, o poseedoras de un pésimo gusto (aunque claro, para evitar disgustos innecesarios en estas lides, siempre nos quedan esos autores intocables, políticamente correctísimos y socorridos a más no poder). Y esto entronca directamente con otra consideración actual muy extendida socialmente, y que en mi opinión es bastante absurda. Se tiene a veces por más inteligentes a las personas que arremeten contra todo (aunque sea con argumentos) que a las benévolas por naturaleza, cuando creo que en realidad subyace justo lo contrario. A mi entender, una persona inteligente sabrá (precisamente por serlo) encontrar algo positivo en cualquier situación y sobre cualquier cosa, aunque sólo sea como referente para luego poder destacar aquello que sí considera genuinamente digno de elogio.

Así pues, creo que esa corriente de crítica amiga del sarcasmo destructivo y eminentemente cruel para con el autor, está en realidad descalificándose a sí misma. De entrada habría que preguntar a ese crítico por qué le merece tanta atención algo que fundamentalmente desprecia. A mi modo de ver muchos de estos críticos adolecen en el fondo de una gran inseguridad en sí mismos. Pero eso sí, de cara a maquillarla, tampoco es infrecuente entonces que traten de ocultarse tras una gruesa capa de- sólo aparentemente ingenioso- cinismo.

Por otro lado, imagino además que tampoco se han parado a pensar en el respeto que se merece cualquier persona que en cualquier ámbito se arriesgue a mostrar el público algo parido por su imaginación, por muy torpe y carente de talento que ésta les parezca. Se suele decir muchas veces que los críticos son creadores frustrados que vierten sus peores humores sobre esos otros que han tenido, no sé si el talento, pero sí que por lo menos el coraje y el arrojo de desnudar al público sus intimidades con mayor o menor fortuna. Ante esto, un crítico al estilo del que aquí denuncio, diría que estos artistas infradotados habrían hecho mucho mejor guardándose para ellos sus pajas mentales. Pues bien, yo pienso que es gracias a la falta de talento por la que luego lo reconocemos cuando lo vemos. Aunque sólo fuera por eso, me parece que habría que guardar a estas personas un respeto cuando menos. Y mucho más si encima, como suele ser el caso, esos críticos se ganan la vida masacrando las creaciones de otros que, en muchas ocasiones, incluso han tenido que hipotecarse de algún modo para mostrar sus creaciones al público.

Recuerdo una película de este último festival de San Sebastián que, sin necesidad de ser nombrada, me pareció especialmente insufrible. Pues bien, tras leer las innecesariamente feroces y devastadoras críticas que recibió, no pude dejar de encariñarme de algún modo con el máximo responsable de la cinta. Pero no por compasión (que puede que un poco también), ni tampoco porque luego la siguiente película que vi me pareciera maravillosa (que seguramente también), sino porque estoy convencido de que dicha persona sabía ya muy bien de partida el trato que seguramente iba a recibir por parte de unos críticos ya conocidos por él (de hecho los críticos son de las personas más previsibles del mundo), y aun así no tuvo ningún reparo en presentar su película con la mejor de las ilusiones y el mayor de los orgullos. Recuerdo además que, pensando en él precisamente, y al ser preguntado por su película tras visionarla, contesté simplemente que me había quedado dormido lo cual, aunque no fuera cierto, ya me pareció una crítica más que suficiente.

Aunque bueno, quizás todo lo anterior podría resumirse con lo que me dijo una vez el mejor crítico al que yo haya leído en mi vida. Y no digo esto sólo porque, egoístamente, su gusto cinematográfico se ajustara bastante al mío, sino porque asumía su labor como yo creo que ésta ha de ser entendida. Es decir, como servicio por y para el público. Y es que recuerdo muy bien el día que le pregunté por qué todas sus críticas de películas eran tan positivas, benevolentes y entusiastas, y nunca escribía sobre las que aborrecía. “Pues porque esas otras bastante tienen ya con mi silencio, ¿no crees?”, me contestó sonriente. Además de un muy buen crítico, creo que así me demostró también ser mejor persona, por ser tan consciente de su posición y de las consecuencias que su trabajo podía tener en el de otras muchas (no olvidemos el gran número de personas que se implican en la más modesta de las películas). ¿De cuantas personas podemos decir lo mismo cuando hacen su trabajo? Yo, lamentablemente, de bastantes menos de las que desearía.

Asís Arana Guionista y escritor

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