Que la crisis económica parece agudizarse a pasos agigantados, es un hecho. De la misma forma que, hablar de dinero en nuestra hipócrita sociedad, ha venido suponiendo una obscenidad superior a cualquier otra que se pueda imaginar. Es curioso que sea así, cuando la necesidad de algo de dinero, es una de las pocas cosas que tenemos en común la inmensa mayoría de las personas. Y cuanto más pienso en ello, más extraño me parece que, a estas alturas, no haya todavía ninguna asignatura en la formación preuniversitaria relativa al funcionamiento de nuestra economía. Pero eso sí, en contrapartida se nos enseña con escrupulosa diligencia todo lo relacionado con –por poner a bote pronto un par de ejemplos– los reyes godos y los afluentes de nuestros ríos principales. Pero es que claro, esto último “forma de verdad porque sí que forma parte de nuestra cultura” (omnipotente palabra esta que todo lo abarca porque todo lo purga), y en cambio todo lo concerniente al sucio dinero tiene ecos como de escatológica e impúdica aberración. Pregúntale a alguien la periodicidad con la que defeca o folla, y es más que probable que te responda la verdad –aunque sea medio riéndose o por lo bajini-. Pero pregúntale en cambio cuánto gana, y a ver qué pasa. Además de callárselo, seguramente se sonroje y, entre otras muchas cosas, te tache después de maleducado e impresentable.

De todas formas, cuando hablo de impartir en el colegio unas nociones básicas de economía, no hablo de complejos cálculos ni de ininteligibles curvas de oferta y demanda, ni de ninguna de esas complejidades de las que tantas veces echan mano los bancos para justificar los constantes abusos que comenten con sus resignados clientes; léase, con todos nosotros. Aquí me refiero simplemente a debatir un poco en clase sobre cosas tan prácticas y mundanas como el dinero, el interés, la inflación, el tipo de cambio, el déficit público o el equilibrio financiero. Hasta yo mismo me estoy resultando extrañamente plasta al escribir dichos términos, cuando son cuestiones fundamentales en nuestra vida práctica, además de mucho más fáciles de entender de lo que —por motivos obvios– algunos quieren hacernos creer.

Ni mucho menos puedo asegurar que, si la mayoría de la población hubiera sabido algo más sobre cómo funciona nuestra economía, no se habría llegado hasta la delicadísima coyuntura que ahora mismo atravesamos. Y es que está claro que buena parte de la culpa la tiene la avidez de nuestra propia condición humana. No obstante, conviene también recordar que, una vez dentro del pozo, hemos de tener muy presente qué es lo único que puede sacarnos de él. Porque si nuestra sociedad y educación no fueran tan hipócritas, casi toda la población sabría que el mayor obstáculo para salir de la crisis, es el propio miedo que va creciendo en cada uno de nosotros. Esa inquietud constante, es la que hace que nadie quiera ser el primero en gastar por si las cosas se ponen peor. Pero lo que la gente no parece saber –o actúa por lo menos como si no lo supiera, o como si aun sabiéndolo fuera irracionalmente estúpida–, es que, gracias precisamente a esas millones de decisiones de no gastar mucho… por si acaso, todo se va a ir poniendo incluso muchísimo peor. Es como si nadie quisiera darse cuenta de que hacer eso es algo parecido a decidir robarle el chaleco antibalas a un pistolero… por si acaso; el ladrón necesitará de él precisamente por habérselo robado.

Está claro que quien no tiene absolutamente nada de dinero, no puede hacer nada para colaborar en el proceso de salida de la crisis. Y es que en su caso, nada tiene sobre lo que poder decidir. Pero ésos que todavía tienen dinero en la cantidad que fuere (si hay un 25% de paro es, entre otras cosas, porque el 75% de la población activa trabaja e ingresa dinero; el que sea, pero lo que es ingresar, ingresa). Pues bien, aunque admito que yo también tengo la tentación de pasarme todo el santo día maldiciendo a algunos políticos y banqueros hijos de la grandísima zorra, con perdón para las zorras (recordemos que los bancos no tienen la culpa de nada porque no hacen nada que no decidan previamente quienes los dirigen), no olvidemos tampoco que, aun siendo éstos a mi entender los máximos responsables de esta situación, todo lo han hecho con la connivencia de todas y cada una de nuestras codicias. Y vale, de acuerdo, para evitar que todo esto se repita, tratemos de que nuestra memoria actúe en el futuro como se le presupone ha de hacerlo, al tiempo que enseñamos a nuestros hijos cómo funciona el sistema capitalista en el que –no lo olvidemos– todos nosotros hemos decidido vivir, para bien o para mal.

No obstante, me temo que eso no es ahora mismo lo más importante. Porque no habrá futuro merecedor de dicho nombre para nadie, si ahora no nos metemos en la cabeza que cualquier economía de mercado basa su salud en el constante movimiento de su dinero, en el incesante flujo de capitales. Es decir, funciona como un río cuyo estancamiento provoca la putrefacción de sus aguas. O dicho de otro modo, aquéllos que puedan han gastar y consumir como si hubiera normalidad (haciéndolo incluso por la parte de los más desafortunados), si es que queremos recuperar la verdadera normalidad. Y es que a la gente que puede decidir en mayor o menor medida porque tiene más o menos dinero, le diría que si no gasta buena parte de él, se lo van a acabar quitando. Da igual que lo haga la misma crisis, la inflación, un potencial corralito, o el ataque de un padre de familia desesperado en el marco de una hipotética guerra civil.

La salud y equilibrio económicos son como esas fiestas en las que todos los invitados se preguntan entre ellos si van a asistir, para así decidir a su vez si van a ir finalmente o no. Pues bien, como no empecemos a ir a la fiesta sin preguntar, simplemente no va a haber fiesta. Y entonces preparémonos, porque como no haya fiesta en el plano económico, vamos a echar mucho de menos los momentos de crisis que actualmente vivimos, porque los que vendrán serán infinitamente peores.

Cualquier problema a resolver por los seres humanos ha de ser resuelto previamente en nuestras cabezas, y es esto lo que nuestros respectivos miedos y egoísmos no acaban de entender. Porque sabemos racionalmente que ese egoísmo acabará por volverse en nuestra contra. Así que seamos generosos, pero no por el prójimo ni por cuestiones morales, sino por cuestiones meramente prácticas, egoístas. Es decir, por nosotros mismos.

En una fantástica película que vi hace poco, Take shelter, un esquizofrénico sufre terribles pesadillas en las que su delirante imaginación presagia una tormenta descomunal que va a arrasarlo todo. Por ese motivo, es decir, para protegerse tanto a sí mismo como a su familia, se pone a construir un refugio bajo tierra. Una vez dentro, y tras contemplar un amago de tormenta, su mujer le asegura que no hay peligro en el exterior, que ya ha pasado todo al haberse tratado de una falsa alarma. No obstante, le insiste en que ha de ser él quien abra la puerta del refugio, para así convencerse a sí mismo de que todo ese inminente cataclismo se encuentra únicamente en su cabeza. Pues bien, a pesar del miedo cerval que le atenaza al enfermo, se obliga finalmente a sí mismo, abriendo la puerta y siendo el primero en sentir los rayos del sol de un espléndido día. Y es entonces cuando vislumbra la posibilidad de curarse, ya que ha logrado que la parte racional de su voluntad doblegue a su creciente psicosis. Porque de haber abierto la puerta su mujer, por mucho que luego él también hubiera salido al exterior, su cabeza habría seguido anclada en ese refugio.

De forma análoga, el miedo que provoca la crisis impele a los menos desafortunados a ahorrar compulsivamente. Ven en el ahorro un refugio por si llega finalmente la gran tormenta. Pues bien, todos tenemos que entender que quedarnos en ese refugio será precisamente lo que haga que sobrevenga esa temible tormenta. Con la diferencia de que, en nuestro caso, no existirá luego refugio suficientemente seguro en el que poder resguardarnos. O si no que se lo pregunten a los judíos de la Alemania Hitleriana.

Así que, aquéllos a los que os quede una brizna de margen para poder elegir…, ¡consumid hoy!, porque, si no lo hacéis, es probable que no haya mañana para casi nadie. Dando por hecho que, en tal circunstancia, no tener dinero sería el menor de vuestros problemas. O dicho de otro modo exageradamente cáustico; ricos de España, empezad a gastar vuestras fortunas si es que queréis conservarlas.

Asís Arana, diciembre de 2012

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