Aunque particularmente no he leído mucho del tema, imagino que sobre el reciente fenómeno de 8 apellidos vascos se habrá escrito tanto como se ha hablado, algo bastante lógico por otra parte dadas las dimensiones que éste ha llegado a adquirir. A pesar de ello, me gustaría resaltar algunos aspectos del mismo. En primer lugar, y muy por encima de cualquier otra consideración, creo que es un motivo de gran alegría para todos los amantes del cine en España, independientemente de la valoración personal que algunos pudieran hacer de la película en cuestión. En mi caso concreto, supone además un motivo de satisfacción tanto a nivel cuantitativo como cualitativo.


Respecto a la primera cuestión, no hay que olvidar que el cine existe antes que nada porque hay un público al que –supuestamente– le interesa, por lo que necesita de este tipo de éxitos masivos para que el sector mantenga un estado de salud mínimamente aceptable, y mucho más en un caso como el de España (Estado para los más “euskosensiblones”), en el que lleva años crónicamente enfermo. Así que, dado el panorama, a ésos que tras ver la película les he oído decir cosas del estilo de “tampoco es para tanto”, les preguntaría con todos mis respetos qué debería reunir aquella película que en su opinión sí que fuera “para tanto” (y que no me vengan a citar obras maestras, ya que entre ellas hay poquísimos taquillazos). En mi humilde opinión, a una comedia que merezca dicho calificativo, lo que se le ha de pedir, muy por encima de cualquier otra cosa, es que permita al espectador pasar un buen rato y soltar alguna carcajada, al tiempo que, puestos a ser ambiciosos, incluso le haga olvidarse momentáneamente de sus problemas cotidianos. Y a tenor de la taquilla cosechada por esta película, eso precisamente es lo que ha ofrecido ya a unos cuantos millones de personas.


Particularmente no me considero una persona de risa fácil (si bien más por incurable imbecilidad que por lo contrario), y acostumbrado a estar casi siempre solo en el cine, fue para mí una experiencia casi olvidada escuchar carcajadas provenientes de buena parte del público circundante, integrado además por personas con las que –juicios temerario aparte– dudo mucho tuviera mucho que ver si exceptuamos nuestra ganas de pasar un buen rato. La primera reflexión que me suscita este hecho, es constatar tajantemente que es justo este tipo de cine el que, dentro de un sector saneado y comercialmente viable, debería permitir que luego se hiciera otro de naturaleza casi contrapuesta, algo que en España casi nunca se ha entendido del todo y que Hollywood, pese a quien le pese, gestiona mejor que nadie. Sólo gracias a la existencia de una base de producción mínimamente ligada al concepto de industria, puede también desarrollarse un cine mucho más minoritario, sesudo, artístico, intelectual, comprometido o de autor, una clase de cine por otro lado que, comparado por lo menos con la media, consumo asimismo en cantidades –nunca mejor dicho– industriales. A pesar de ello me parece tan absurdo como nocivo y ridículo pensar que ambos tipos de cine hayan de ser incompatibles o excluyentes. Sucede de hecho todo lo contrario, del mismo modo que es gracias a que de vez en cuando voy a restaurantes por lo que me gusta comer en casa la mayoría de las veces.
De hecho, pasé un rato de lo más agradable viendo esta película la cual, por lo menos a mi entender, sirve asimismo para constatar que algo masivo ni mucho menos implica necesariamente que haya de ser también zafio, vulgar, burdo, estúpido o chabacano. O lo que viene a ser lo mismo; un producto “blanco”, simpático, sencillo y liviano puede ser igualmente lúcido e inteligente, por lo que considero que quienes han estado detrás de toda la idea en su conjunto han sido muy hábiles a la hora de plantearla, y sobre todo explotándola de la forma y en el momento en que lo han hecho.


Por estar personalmente bastante relacionado con este sector, considero asimismo que muchas de las críticas negativas que haya podido suscitar son fruto de que en España la envidia crónica, la mediocridad y la miseria moral campan a sus anchas de un modo mucho más habitual y extendido del que a –casi– todos nos gustaría tener que admitir (el mundo del cine no es precisamente una excepción a este respecto). Así que dejando de lado nuestras posibles discrepancias ideológicas o de matiz, así como nuestras muy seguramente distintas sensibilidades artístico-estéticas, creo que todos deberíamos felicitarnos y aplaudir un fenómeno que creo nos beneficia a todos, por muy heterogéneos y dispares que pudieran ser nuestros gustos e intereses. Y es a partir de ahora cuando quizás vaya a hacer más honor al título de este artículo, al enfrentar por fin la cuestión cualitativa.


¿Resulta inapropiado, desaconsejable, frívolo u ofensivo, hacer humor relacionado con algo tan tremebundo, bárbaro, sangriento y ominoso como sin duda lo es todo lo referente al terrorismo de ETA? (Aclararé antes que nada que, a título individual, y aun siendo vasco y por ende español a efectos de nacimiento, me siento completamente “anacionalista”, más que antinacionalista, ya que aun no logrando emocionarme lo más mínimo con nada relativo a las banderas o las identidades patrias, a priori tampoco tengo problema alguno en respetar a cualquier nacionalista, independientemente del sesgo concreto al que pudieran propender sus entrañados afectos soberanistas.)
Pues bien, no sólo no creo que hacer humor del conflicto vasco sea de mal gusto, sino que lo considero más conveniente y necesario que nunca, además de sanísimo en términos tanto políticos como sociológicos. ¿Significa esto que pensaría igual si mi hermano hubiera sido asesinado por ETA o éste estuviera en la cárcel precisamente por haber matado a otro conciudadano (la trama de mi última novela trata precisamente de ese tema)? Pues obviamente no, del mismo modo que también –supongo– pensaría algo distinto a como pienso si midiera un metro veinte, me hubiera criado en Zambia y/o fuera analfabeto. Esto es, yo, como cualquier bicho viviente, soy mi persona y sus circunstancias (y digo “sus”, no “mis”, ¿me explico?) Y es más, si me apuras creo que soy mucho más dichas circunstancias que la persona que las atraviesa. No me cabe la menor duda de que habrá algunas personas que puedan discrepar conmigo en este sentido, e incluso les diría que probablemente yo también lo haría si estuviera en sus circunstancias.
Pero a mi entender la gran cuestión aquí es que, además de nuestras circunstancias, existe “la” circunstancia común”: la del pasado, el presente y el futuro de una heterogénea colectividad abocada a convivir con eso que suele denominarse conflicto vasco. Y aunque lamentablemente hablo de un pasado que no está en nuestras manos cambiar, éste ha desembocado en un presente cuyo futuro sí que podemos elegir gestionar y enfrentar de una forma u otra.


Si uno se para a pensarlo un segundo, en realidad cualquier chiste se ríe “de” o “con” alguien (aunque en realidad esta distinción o matiz preposicional me parece más teórico y políticamente correcto que útil, práctico o real). De este modo, hay infinidad de chistes de alcohólicos, feos, vagos, parados, mutilados, inútiles, prostitutas, enfermos, brutos, cornudos, chuloputas, cretinos, retrasados mentales, etc…, y por el contrario muy pocos sobre personas muy guapas, inteligentes o trabajadoras. Es decir, las chanzas y el humor casi siempre surgen de personas que presentan una cualidad u anomalía no precisamente favorecedora con respecto al marco en el que se presentan la escena propiciadora del chascarrillo. Entonces, si me río mucho de un chiste que presenta en escena a una prostituta negra, ninfómana y rematadamente fea, pobre y estúpida, ¿significa eso que estoy a favor de la discriminación racial y sexual, la desigualdad socioeconómica y la violencia machista? No, claro que no, básicamente porque esa hipotética puta no existe, es un personaje inventado, de modo que no hay nadie de quien pudiera estar riéndome. (Hace muchos años falté dos días al trabajo alegando la muerte súbita e inventada de un “amigo del alma” tan anónimo como ficticio. Pues bien, cuando días después le conté la historia a uno real, me miró todo flipado y me dijo que no sabía que yo fuese tan sádico y cruel. Yo le respondí que no, que nada que ver, que el “amigo del alma” al que había matado no existía, así que como mucho podía llamarme jeta, vago o mentiroso, pero nada más). Es decir, cuando nos reímos de un chiste lo hacemos tan sólo de una situación en abstracto. Así que plantear algo mínimamente distinto y susceptible de generar controversia, me parecería tan ridículo como no poder nunca contar ni oír un chiste de oriundos de Lepe sólo porque mi mujer fuera de dicha localidad (es más, salivo sólo de pensar en la posibilidad de enamorarme de una “lepera”, o como se diga, porque lo íbamos a pasar de fábula en más de un sentido).


De hecho, sentado en mi butaca del cine mientras veía “8 apellidos vascos”, tenía a mi lado a cuatro tiparracos que no pararon de salir de la sala para desparramar cada vez más con todos y cada uno de los infinitos porros que se fueron liando a lo largo de toda la peli. Prejuicios estéticos aparte, el aspecto de todos ellos era bastante más “borrokilla” que el de la imagen estereotipada que plantea la película cuando su protagonista se hace pasar por uno de ellos. Pues bien, durante todo el metraje los puñeteros no pararon de vociferar millones de comentarios chorras, carcajearse estruendosamente, aventar una variada gama de ruidos simiescos, y sumar a los de la pantalla un sinfín de patéticos chistecillos. Así que, y por decirlo en plan suave, una parte de mí estaba bastante irritada con la perturbadora presencia de esos energúmenos que –daba la sensación– no habían pisado nunca una sala de cine. Pero luego, otra parte de mí mismo, precisamente ésa de la que menos me avergüenzo, agradeció enormemente que por fin hubiera podido “reírme” junto a ellos de algo que tanto dolor y sufrimiento nos había causado a todos en el pasado.
Porque en realidad –y que nadie me malinterprete– es de eso de lo que nos estábamos “riendo” y que por fin estábamos “denunciando” juntos: la terrible ceguera moral que unos cuantos desalmados han padecido a lo largo y ancho de todo este conflicto. Así que claro que nos estábamos riendo, pero sólo por un lado y a efectos aparentes, ya que por el otro yo creo que también estábamos llorando a raudales –aunque fuera codificada e inconscientemente–, por toda la sangre que había tenido que derramarse en los últimos treinta años para que nos diéramos por fin cuenta de que lo verdaderamente importante no eran nuestras diferencias, sino nuestras afinidades, en tanto en cuanto son éstas las que nos permiten reírnos de las primeras para poder vivir en armonía. Es decir –e insisto, por favor, en que no se me entienda mal–, creo que, aunque sea obviamente de forma tristísima, es “gracias” y a pesar de toda la sangre vertida en tanto tiempo por lo que hoy podemos reírnos con muchas de las situaciones que plantea esta película. Esto es, nuestro gran pesar común es que hayan tenido que morir tantos inocentes para que algunos indeseables entiendan que lo más importante, lo único importante en realidad, es la vida en sí misma y la risa que ésta nos permite disfrutar cuando somos capaces de mostrar lo más lúcido y humano que habita en nosotros.


Por eso pienso que esa idea que se rumorea acerca de su posible secuela, basada en “los nueve apellidos catalanes” o algo así, no me parece tan buena a priori. A ver, no sé si habrá o no algo de cierto en todo ello, ni cómo sería su guión, como tampoco soy capaz de augurar el comportamiento comercial de la película resultante, aun entendiendo perfectamente que sus responsables la lleven a cabo porque ya hemos dicho que el cine no deja de ser un negocio (no me cabe duda además de que su guionistas sacarán chispas de cualquiera de los tópicos que enfrentan culturalmente a madrileños y catalanes). No obstante, le veo un gran problema de fondo a esa premisa argumental, por lo menos dentro de una de las regiones españolas. Y es que dudo mucho que a los catalanes les fuera a hacer mucha gracia que se hiciera humor con respecto a su “hecho diferencial”. Y con todo el derecho del mundo a equivocarme, creo que el motivo fundamental es que su conflicto no ha derramado una sola gota de sangre durante los últimos años, por lo que pueden permitirse el lujo de considerarlo un tema de lo más “serio” y “trascendental”. Es decir, sé que es un consuelo insultantemente pobre en relación al daño y la barbarie sufridas por el pueblo vasco, pero creo que es el derramamiento de tanta sangre lo que al final ha permitido que algunos obtusos e hijos de puta acaben viendo las cosas con algo más de claridad. Es por eso por lo que pienso que los catalanes no se reirían mucho con esa hipotética película, y que si muchos de ellos la acaban viendo sería para así poder despotricar contra ella o sentirse ofendidos por los antidemocráticos fachas que la hubieran “perpetrado” (aunque por suerte para Telecinco Cinema en el precio de la entrada no hay discriminación positiva para el espectador de idiosincrasia nacionalista rematadamente fundamentalista, por lo que en términos comerciales la apuesta también podría funcionar de maravilla). Es decir, aunque el juego de tópicos formales que permite el choque vasco-andaluz me parece a priori mucho más atractivo y variado que el que pueda existir entre maquetos y catalanes, no considero éste un obstáculo ni mucho menos insalvable para unos guionistas tan finos y bien dotados como los de “8 apellidos vascos”. Para mí el “problema” del conflicto catalán a efectos humorísticos radica en su ausencia de sangre, es decir, en que su materia prima no les permite a los nacionalistas catalanes ponderar el asunto con un poquito más de perspectiva histórica. Y esto es así, precisamente porque han tenido la inmensa suerte de que su historia reciente les permite seguir pensando que la soberanía nacional de un trozo de tierra es tope importante en términos absolutos.


Es más, creo que uno de los mayores síntomas de la superación de un problema grave, del que sea, es precisamente el poder uno reírse de él, por muy trágicas y funestas que en el pasado pudieran haber sido sus consecuencias, como sucede precisamente en el caso del terrorismo etarra. Es más –y que por favor perdonen mi atrevimiento los familiares y allegados de sus víctimas–, si tuviera que apostar por la tristemente hipotética reacción de los asesinados por ETA ante esta película, estoy convencido de que la inmensa mayoría de ellos se partiría de risa viéndola, al ser los más conscientes de que una buena parte de aquello de lo que tan bárbara e injustamente se les ha privado, es precisamente de la posibilidad de reírse en general, pero sobre todo de sí mismos.


Así que mi más sincera enhorabuena a los responsables de “8 apellidos vascos”, pero sobre todo a todo su público en general, y al vasco en particular. Y es que entre todos hemos sido capaces de demostrarnos que, a pesar de todo y de todos, y más allá de nuestras posibles y múltiples diferencias, ni siquiera toda la sangre derramada ha sido suficiente para quitarnos el sentido del humor, piedra angular de eso tan importante y maravilloso que algunos llaman la alegría de vivir.

Descarga el artículo en PDF.